Cuestión de Método

“…mientras el tigre no puede destrigarse el hombre vive en riesgo de          deshumanizarse…” Jose Ortega y Gasset.                      

 

Si hay algo que comparte el arte con los cultos en general es cierto método de comprensión de la realidad. En su   ejercicio se comprende algo como algo, pero este conocimiento no proviene de la razón. Es una forma de conocer, que en el caso de los artistas pertenece al proceso creativo y que ellos conocen muy bien. “el arte es una mentira que nos acerca a la verdad” dijo en una ocasión Pablo Picasso. Muchas escuelas espirituales coinciden en que la intuición y no la razón atesora la clave de las verdades fundamentales. La ciencia explica el epifenómeno del proceso, describe la actividad neurológica en un hemisferio cerebral. Eso solo revela la arquitectura de este complejo conocer, nada dice del resultado, del acercamiento   intuitivo y de su sentido.

Este sentido captado en los procesos creativos o espirituales necesariamente se resiste a la conceptualización. Heidegger habla de la existencia de una verdad no conceptual y no predicativa del significado de la obra de arte. Luego Gadamer reemplaza la verdad conceptual por lo que en su teoría llama sentido. Sucede que el método de conocer que aborda el artista no está basado en razones sino en emociones. Esta cualidad lo convierte en indemostrable, al menos dentro de la pragmática del saber científico e imposible de traducir narrativamente. Esta forma especial de conocimiento no conceptualizable, ni traducible al relato es lo consustancial al arte y es el dominio y materia de sus investigadores que no pueden ser otros que los artistas. La habitual negativa de los pintores de hacer descripciones sobre sus procesos creativos no es una falta de habilidad verbal es un síntoma de esta cualidad del conocer del arte.

Este conocimiento ha sido paulatinamente denostado por la falacia de la universalidad de la metodología científica, posición algo arrogante   a la vista de lo inapropiado que resulta el método científico para dilucidar muchos aspectos de la naturaleza humana. Este conocer del arte, el que no se puede amarrar con palabras ni emular con máquinas es parte de nuestra realidad íntima, la inescrutable, la que   nos humaniza. La existencia y valoración de esta doble naturaleza del saber, la del arte y la de la ciencia es la que nos aporta libertad. Decía Ortega que “mientras el tigre no puede destrigarse el hombre vive en riesgo de deshumanizarse”. El del arte es una forma de conocimiento basada en emociones por consiguiente cargado de sentido no de razones.

          El racionalismo positivista contaminó todos los dominios. Esta influencia cayó en nuestra cultura   en todas las disciplinas humanísticas incluso en el estudio de las producciones artísticas. Es un síntoma de ello los esfuerzos intelectuales por explicar o dotar de sentido conceptual a las acciones inscriptas en el arte que nos presentan   los críticos, comisarios o curadores. Este intento necesariamente ha provocado la transformación de los objetos artísticos para adaptarlos a este juego narrativo, quedando fuera lo que   pertenece al universo del conocimiento intuitivo, o pobremente   traducido a otro nivel. Paradójicamente a mayor esfuerzo por explicar   a mayor distancia nos posisionamos   del verdadero sentido de lo que el arte puede revelar.

Con la proliferación de esta práctica explicativa del arte se pueblan las exposiciones de productos de factura mecánica e impresiones cromáticas del color que en algunos casos tienen interés para el diseño de papeles   o estampados de telas o para poblar las revistas de interiorismo que curiosamente se acercan en estilo.

Las formas de conocimiento necesariamente necesitan un canal para acceder a la sociedad. Sus hacedores   cuentan con convenios y complicidades para entenderse, es el caso de los científicos y su relación con las reglas que aporta el método. Ellos dan el salto a lo narrativo para incorporarse a lo sociedad, siendo sus investigadores los que lo hacen. Pero en el caso del arte este salto no está nada claro, entre el investigador del arte, que es necesariamente el artista y el historiador o crítico que son sus actuales traductores no existe una metacomunicación porque su acercamiento al conocimiento pertenece a dominios del saber diferentes. Esto ha encriptado el arte y en ocasiones   los que parecen quedar fuera son los propios artistas.

 

 

 

 

 

 

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