La envidia de Dorian Gray

 

 

La Gioconda ya es posmoderna. Una condición derivada del impudoroso escrutinio de sus intimidades, de la recurrida especulación sobre su ambiguedad sexual y la difícil demostración de un número estadísticamente significativo de hipótesis sobre las remotas posibilidades de su historia. Pero sobre todo porque hemos conseguimos que ella sea conocida por ser bien conocida, y esto la convierte en una auténtica celebridad de nuestra cultura.

Ha dado la vuelta al mundo muchas veces y no ha sido para mostrar sus virtudes renacentistas, lo ha hecho a lo Paris Hilton, haciendo cosas ajenas a su historia, incluso viajó en la tapa de un dulce de membrillo en los 70, toda una declaración de intenciones. Pero el factor fundamental que la reinventa y la convierte en una reina de nuestro decadente y displicente presente es su eterna juventud. Nadie ha sido en la historia tan hábil como ella para no ser víctima del tiempo. Y lo ha conseguido sin recurrir a los formoles de los escualos de Hirst, bastante defectuosos por cierto, ni a los exitosos plastinados de Von Hagens. Cuando todo parecía indicar que ya había destilado sus más profundos secretos y que estaban agotadas todas las posibilidades de su variada naturaleza sexual y psicológica, reaparece más joven que nunca de la mano de una hermana gemela. Será, como diría Goethe, el eterno femenino que la impulsa hacia arriba.

 

Una alianza faustiana con la posmodernidad,  ha conseguido sepultar su vetusta imagen bajo especulaciones de naturalezas inciertas pero claramente seductoras. Un pacto oportuno, que ya hubiese querido para si   Dorian Gray pero él,  tuvo que conformarse con solo 24 años de juventud. Si especulamos, como lo hace Umberto Eco, sobre lo que podría ver un visitante del futuro en nuestra cultura, seguramente sobresaldría nuestra devota ambición constructora de apariencias, aliada de la técnica, deudora del photoshop, con o sin botox y de estos implantes envenenados a las restauraciones. Apropiaciones intervencionistas, deconstructivas o modeladas para diluir, frecuentemente, en aceites y barnices oxidados la maestría clásica en ilusiones surrealistas y convertir la excelencia técnica de ayer en denostados recursos hoy.

 

Pero la Gioconda es suficiente por sí misma, no necesita nada más que lo que su pintor quiso mostrarnos para constatar que es imprescindible. Esta obsesión por indagar los procesos a través de la tecnología, escudriñar los tanteos del pintor, juzgar sus gestos, fisgar sus costumbres, a veces  para degradar, como con el Coloso, o para especular con datos prescindibles, es cuestionable. Estas acciones que encuentran cobijo y sentido en las cualidades de nuestra cultura, por su irreverencia, merecen un ejercicio crítico. Resulta difícil esclarecer que es lo que intentamos preservar, cuando las ideas que se difunden para mantener viva la historia han perdido el hilo  con la esencia de lo investigado.

 

Nuestra dama de   sonrisa controvertida   ha sabido negociar bien el precio de su alma. Después de todo si no acababa ella con su anticuada condición de reina del sfumato  seguramente lo habrían hecho las restauraciones. Sin embargo es probable que sea bueno dejarla envejecer y desaparecer, hasta el arrepentido Dorian deseó perder su juventud. Pero no parece que estemos preparados, parece que toda arrogancia puede   encajar en nuestros   hueros narcisismos culturales, al precio de no hacer ninguna crítica o de renunciar a nuestra alma que bien observado son casi lo mismo.

 

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