La fascinación por lo prohibido

 

 

Con el deseo se puede poblar una vida, sin más esfuerzos que el dejarse seducir por lo prohibido. Para quien se sumerge en la introspección de la contemplación del arte estas amapolas son un dulce deseo, quizás también lo es la irresistible sensualidad de la materia que aviva el deseo del pintor e invita al espectador a tocar suavemente la superficie accidentada por el gesto temperamental de un instante. Seguramente esta no era la motivación de quienes robaron hace unas horas el Van Gogh de la imagen en El Cairo, pero si no es por el deseo de poseer algo imposeible ¿por que otro motivo se producen reiteradamente robos de obras emblemáticas? Porque desde que Vicenzo Peruggia robó en 1911 la Gioconda y la mantuvo en su poder durante dos años los robos son frecuentes. Esta historia, la de Peruggia, es interesante no por las verdades sino por la sombra de dudas sembradas a su alrededor. Se dice que se hicieron seis copias de la Gioconda y que la que hoy contemplamos como auténtica es una de ellas. Pero lo sorprendente de estos robos es que parecen asistidos por alguna fuerza inescrutable porque lejos de producirse como el cine los interpreta, rodeados de ingenieros acróbatas que caminan boca abajo en la noche, en la realidad muchos se producen a plena hora, en medio de la multitud y por la puerta principal. Hipótesis sobre esta extraña afición de robar cosas innegociables hay muchas casi todas ideadas con racionales motivaciones económicas y egos avaros de coleccionistas secretos. Pero también podemos abandonar el condicionamiento de la economía y permitirnos pensar que todo en el arte queda sujeto a la naturaleza inescrutable de la estética total el arte no va a salvar nuestros bolsillos pero puede que si el alma.

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